Xi’an-Chengdu. De los guerreros a los pandas

Empezamos el día con un taxi esperándonos para ir al aeropuerto de Xi’an. Nos esperaba una nueva etapa en Chengdu. Queremos ver en menos de 30 horas la Reserva Natural de Pandas, visitar el Buda de Leshan, de 17 metros de alto, y subir a la cumbre Emeishan, una montana sagrada budista.

Teníamos previsto llegar a las 12 de la mañana pero el tráfico aéreo, bastante normal, por lo que dicen los lugareños, hizo que retrasásemos nuestros planes. Teníamos hasta las 18h para visitar la reserva,!! y nos tenía que dar tiempo!! Cogimos un taxi con el que negociamos unos bien merecidos 400 Yuanes para que nos llevase hasta el hotel, de ahí a la reserva y, por último, de nuevo al hotel.

El ‘check in’ ni lo vi, de lo rápido que ‘íbamos, pero la habitación… !!Ay, la habitación!! Fue como cuando ves en las películas pasar toda tu vida por delante cuando has tenido un accidente…, igual. ¡¡Qué hotel!! El suelo estaba roído y manchado. El baño, el baño era un hueco con agujero que servía tanto para tus necesidades como de sumidero. Si me hubieran dicho que debajo de la cama había ratas, me lo habría creído, pero totalmente. Y la cosa es que cuando cogimos el hotel de Chengdu nos llamaron desde la página web de reserva, Ctrip, y nos dijeron que no nos aceptaban en el hotel, que solo trabajaban con turismo nacional. Así que le pedimos el favor de que nos cogiese otro de las mismas características. Vamos, que íbamos a ciegas y ¡qué sorpresa!

Pero el día seguía, y los pandas estaban perdiendo la paciencia. Así que manos a la obra, a la reserva.

La verdad es que es impresionante. Sus jardines son una maravilla de la naturaleza. Bosques de bambú envolvían los caminos. Variedades de árboles espigados y frondosos, que junto con la neblina del día, formaban el ambiente perfecto de una película de Tim Burton. En varias zonas se encontraban los pandas, y que no pudimos ver entre plantas y árboles. Todo lo contrario, al hacer tanto calor les tenían agrupados en celdas con aire acondicionado. Y es que no asimilan bien el calor. Los más graciosos eran los pequeños, que parecían niños jugando con un balancín. Lo que nos impresionó fue cuando vimos en una incubadora a una cría de una semana como llamaba, imaginamos, a la madre, y que el veterinario calmó palpándola con la mano.  Pero ademas, cosa que no sabíamos, también se encontraba por allí el oso panda rojo, mucho más pequeño, aunque más agresivo. Y a estos sí les vimos subidos a los árboles durmiendo y, otros, comiendo cerca de donde estábamos. Además, en el parque había un lago precioso. La que mejor se lo pasó fue Sandra, dando de comer a decenas, digo, ¡¡miles de peces!! que se apiñaban al lado de la orilla. Yo en cambio vi por primera vez a un pez-adicto. No sé que tendría aquella comida que tanto ansiaban y que vendía una mujer de por allí (y que Sandra compró), pero los peces habrían la boca persiguiéndote por donde pasabas para que les echaras. Ni callejeros, ni callejero habrían tenido una escena tan social. Unos peces dominados por el ‘mono’ de un gramo más… de aquella apetitosa comida. Eso sí, Sandra se lo pasó pipa tocándoles el lomo. Eran casi las 18h, así que nos tomamos un sándwich con vistas al laguito y nos fuimos al hotel.

Cuando llegamos hablamos con los de recepción para que nos consiguieran a alguien que nos pudiese llevar al día siguiente a ver el Buda de Leshan y a Emeishan. Negociamos y conseguimos que por unos 1400 Yuanes nos llevase a los dos sitios y al aeropuerto. Ganamos 600Y, ya que el del taxista que nos llevo a la reserva nos pedía 2.000.

Como no andábamos muy bien de pelas, nos fuimos a sacar dinero y, ya de paso, a cenar. Fuimos por una calle, y por otra, y otra… Los restaurantes eran garitos de mala muerte, con el suelo grasiento y ollas negras y sin lavar. Yo le decía a Sandra que ni pagándome cenaba allí. Al final encontramos un sitio bastante… fuera de lo común de por allí y nos tomamos una huoguo.

Lo mejor fue cuando llegamos de vuelta a la habitación. Ya tuvimos nuestro primer contacto a mediodía. Pero el de por la noche… sí, este fue mucho mejor. Pusimos el aire acondicionado, y empezó a sonar aquello que parecía que se iba a caer el edificio entero. Unas mangueras empezaron a pitar… aquello era una fiesta de decibelios. Ya acostumbrados al sonido fuimos a la ducha. Pero… no salía mucha agua caliente. A los pocos minutos nos empezó a sonar aquello espectacularmente. Y justo antes de mi aclarado ¡toma!, nos quedamos sin agua de ningún tipo. Qué espectáculo de hotel.

Y, nada, a dormir, que mañana nos toca madrugar, para un día impresionante.
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