Pingyao-Xi’an. Un día para el recuerdo

Recién levantados, lo mejor ha sido el primer bocado de desayuno occidental: Un café americano y un bollito con mermelada de fresa por dentro, mmmm… ¡qué pasada! Y es que, jamás pensamos que podíamos echar tanto de menos un buen desayuno ‘made in Spain’.
Ya en plena acción, alquilamos las bicis para movernos por el centro histórico y las afueras. Hoy era día de recados y comprillas.
Primero el banco. Miramos el mapa y había varios saliendo de la muralla, pero en ninguno se podía cambiar, aunque sí sacar, y no era nuestro caso. Así que nos aventuramos a buscar uno fuera de la ‘burbuja céntrica’, en el caos de las ciudades chinas. Bingo.
Segundo, al mercado. Bebida, pañuelos de papel y picoteo, para la empresa más destacada a la que nos íbamos a enfrentar: de 8 a 9 horas en un tren de asiento DURO, ¡nooooo…!
Lo de los pañuelos tiene su porqué: En China no hay papel en casi ningún sitio. En los restaurantes, o no te ponen, que es lo más normal, o te ofrecen toallitas de algodón húmedas y calientes, en los de más postín. En los baños públicos… no hay. Vamos, que tiras de clinex todo el día.

Tercero, de tiendas. Bueno, bueno, bueno… Aquí la protagonista es indudablemente Sandra: qué destreza, qué mano, qué palique… Regateando el precio en tiendas de antigüedades hasta el límite. Mi trabajo era meter aún más presión para que se animase más la cosa. En dos palabras: im presionante.
Ya después, nos fuimos a comer a nuestro hostal, Free Heart. Y comimos de maravilla. La verdad es que la comida de Pingyao tiene ciertos parecidos con la española, en algunos platos, claro.
Además, les pedimos comida para llevar, para comernosla en el viaje.
Lo mejor fue cuando íbamos a pedir la cuenta: el dueño estaba profundamente dormido en una mecedora. Empezamos a toser, reírnos, a hablar en alto… ¡Nada!, que no se despertaba (incluso, tenemos un video que lo demuestra, que ya pondremos cuando volvamos :D) Hasta que hice ruido con un banco de madera contra el suelo y ya abrió los ojos. Bueno este hombre es como el macho ibérico en España, pero en China. Mientras venía a servirnos la comida, a dos metros de nosotros, se tiró un sonoro ‘cañonazo’. Y no solo eso, en la siesta descrita antes,  se tiró otro… Y, más tarde por la calle, mientras íbamos a la estación, otro por la calle, sin ningún reparo, alivió su necesidad, entonando una preciosa melodía celestial. Y es que esto junto con lo de eructar y escupir por la calle o en interiores (tren, tiendas, cibercafé…), parece aquí en China de lo más normal y corriente.

La otra parte del día era el tren. ¡Madre mía!, qué escena, qué cara de desesperación teníamos, (ahora nos reimos, claro), cuando nos subimos y vemos todos, absolutamente todos los asientos ocupados, con gente en los pasillos y con las baldas repletas, sin ningún hueco para dejar las mochilas. Claro, lo primero era saber cuál eran nuestros asientos, y ¡toma, la suerte!, que aunque eran 14 y 15 estábamos separados, cada uno a un lado del pasillo. Pero eso no era lo peor, teníamos que echar a los que estaban en nuestros sitios, que los tíos se hacían los remolones como que no entendían nada, pero ¡con Sandra y conmigo iban a dar! Bien solucionado esto tocaba dejar las mochilas, pero ¡¿dónde?! Las puse encima de algunas maletas, pero el revisor me decía que no, que estaban mal puestas, no sabía que hacer ya. Era un espectáculo y encima occidentales… Me arme de paciencia, y con golpes a unos y pisando a otros, moví el equipaje de medio vagón hasta hacer los huecos necesarios. Sudores es poco.
Ya tranquilos y separados, Sandra se hizo amiguilla de un chaval, que se iba a pasar 20 horas en el tren, y de un niño. Niño o demonio, fue bien odiado por Sandra, hasta tal punto que yo pensé que le llegaba a atizar. Pero no había que preocuparse, ya estaba la hermana, que le pegaba unos guantazos impresionantes. Qué pesadilla, menos mal que se bajaron a la hora.
Al rato pudo hacer Sandra un ‘change’ con unos que venían y ya nos pusimos juntos. Pero antes de eso, yo me pasé como dos horas aguantando los mocos y tos de el de enfrente. Llegué a contar lo que tardaba entre tos y tos: no llegaba nunca a cumplir los veinte segundos.
Pasamos la gran parte del viaje planeando lo que íbamos a hacer en los siguientes días, y jugamos alguna partidita a la Escoba, con cartas. Eh, tela la que se lio al ver que jugábamos con otros naipes. Sandra estaba más atenta de explicar cómo se jugaba que de jugar.
La otra cara de todo esto, algo más amarga, es la imagen de gente sin poder sentarse durante 8 o más horas por haber cogido un billete sin asiento. Es duro ver a la gente, que no pudiendo más del cansancio, se tumben en los pasillos, sobre su equipaje… Dejamos a un par de chicos sentarse para poder cenar cómodos y así estirábamos también nosotros las piernas. Cuando llegamos a la estación tenía al de enfrente con las piernas estiradas hacia mi, y otro que estaba sentado en el suelo con su cabeza apoyada en mis piernas… Graciosa estampa, pero… qué lástima.

Al llegar a Xi’an un muchacho inglés, Max, que viajaba sólo, se unió a nosotros. Teníais que ver el careto que tenía, blanco, tipo mareo, cuando vio la discusión de Sandra, con subida de tono, con los taxistas para que no nos timaran por dos kilómetros. Yo ya estaba preparado para todo: golpes mortales, patadas voladoras, de to’. Pero no hizo falta, el taxista se empezo a reir de como manejaba la situación Sandra y a decir ‘ok, ok’, que sí, que nos llevaba por menos de la mitad de lo que pedía. Que ‘crack’ la señorita Sandra, qué genio y qué desparpajo con los idiomas.

Y, nada, ya a las dos de la mañana llegamos al hotel, hicimos el ‘check in’ y a dormir en una magnífica habitación.
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