Pequeño desierto de Lompoul y el fallido Lago Rosa. Fin de viaje.

Ayer dormimos en una jaima en el desierto de Lompoul. Es un desierto pequeño por lo que si ya habéis visto alguno, éste no os sorprendería. A nosotros nos pareció curioso pasar la noche en un colchón en la arena y pasear entre las dunas.

Por lo demás,casi día de paso porque la mañana la pasamos en el campamento de la Langue así que muy relejaditos. Tan tan relajaditos que para comer echamos hora y algo, qué tranquilidad… 🙂

En el camino,vimos un lago pequeño completamente rosa, qué bonito. El color se debe a un alga y a la sal,que le dan ese color. Era como el lago rosa de Dakar.

Esta mañana salimos del desierto supuestamente, íbamos a ver el verdadero Lago Rosa y de allí a Dakar pero el guía no pagó el campamento,ni al del camión ni al choffeur, así que hartos de esperar y de discutir, cogimos un bus ya cerca de Thiés. Nunca hago esto, pero esta vez sí,por si lo conocéis, para que no le contratéis. Se llama Ousman Ismäel y suele estar deambulando por Saint-Louis. Habla perfectamente castellano y con precios muy competitivos pero es un mal queda que ha engañado a todos. Quería incluso que les diera yo esta mañana 75 euros al cambio,pero me sonó raro y no lo hice. Esto es todo aprendizaje, la próxima vez, lo pagamos en varias veces y arreglado.

Ya en Dakar, comemos en el hotel Oceanic porque son las 17 y no encontramos mucho abierto y nos tomamos un cafetito cerca.

Nos despedimos de Senegal en un par de horas por ahora, porque seguramente volvamos a África. Nos llevamos muchas experiencias y bonitos recuerdos, pero sobre todo hemos aprendido que aquí el tiempo cuenta distinto y no hay que ponerse nervioso si el metro tarda 10 minutos porque aquí como poco, esperarás una hora viendo la gente y los carros pasar. También hemos aprendido que los problemas los creamos en la mente occidental, porque esta gente vive feliz en casas de tierra y a medio hacer y encima, se sienten orgullosos. Hay que valorar lo que tenemos,porque de verdad que no sabemos la suerte que tenemos.

Gracias a Mamadou Campos, por habernos prestado ayuda los días que pudo, al señor del ayuntamiento por reservar el coche y dejarnos esperar a la sombra, a Paco por invitarnos a tomar el té senegalés y contarnos su visión del mundo musulmán y la poligamia y a todos los niños que aunque nos llamaban Toubab (blanco), nos sonreían aunque no les diésemos tangal (caramelos) y se venían de la mano nuestra mientras veíamos sus pueblos.

À la prochaine Afrique.

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