Tres días en Shangri-La

Ahora mismo estamos en el aeropuerto de Kuingming, de vuelta de Shangri-La. Esperandoa coger el vuelo que nos lleve a nuestra última etapa, Hong kong.
Shangri-La ha sido uno de los lugares más bonitos que hemos visitado en China. ¡¡Entra dentro de las primeras posiciones!! Quizá la ciudad no destaque, excepto porque los edificios no son tan altos como en otras ciudades (y eso se agradece). Pero el entorno natural en el que se encuentra la ciudad y su atractiva cultura tibetana no tiene desperdicio. Es pura mágia.

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Shangri-La es el nombre que le pusieron en el año 2001 para favorecer el turismo en la ciudad. El origen es el nombre que le puso James Hilton en su novela El Horizonte Perdido. Aunque desde mediados del siglo XX se conocía la ciudad como Zhongdian. Y que mantiene aún el nombre tibetano: Nghe-Beyul Khembalung.

Por la zona se habla tanto mandarín como tibetano. Y los carteles suelen también estar en inglés.
Sorprende la altitud a la que se encuentra: ni más ni menos que ¡3.280 m sobre el nivel del mar! Cuando llegamos Sandra estaba super cansada, y yo estaba como que me faltaba el aire… hasta que nos dimos cuenta de lo que pasaba. Es curioso ver que en las tiendas venden botes de oxígeno para los turistas.

En cuanto al tiempo en Sangri-La le dicen que es la ‘eterna primavera’. Y no engaña. A nosotros en estos tres días nos hizo sol del que pica, tormenta, nublado y un diluvio que encharcó todas las calles de forma espectacular. Hasta presenciamos como hicieron un pequeño dique para desviar el agua de una calle hacia el río. Las temperaturas varían mucho. Podríamos pasar rápidamente de estar en manga corta a ir con camiseta, camisa, sudadera y cortavientos.

Para ir de Suhe a Sangri-La nos levantamos temprano para ir a la estación de autobuses de Lijiang. Como ya teníamos los billetes sólamente teníamos que estar un poco antes de la hora para no perderlo, por supuesto, y para que pudiésemos estar juntos en un buen sitio del autobus. Si no lo sabíais aunque tengas numeración en los billetes de autobús, normalmente puedes sentarte donde más te plazca. Así que a las 7:00 estábamos en marcha preparando la mochila. Salimos del precioso Bruce Chalet dejando una nota de despedida (no había nadie en la recepción y ya teníamos hecho el ‘check out’) y nos pusimos a andar hasta la parada de bus (a unos 20 minutos andando desde la puerta de entrada de Suhe).

El viaje fue bueno. Tardamos unas 4 horas y media (y podía haber sido mucho menos si no hubiera parado tanto). Las vistas captaban la atención de todos los que estábamos. Una mujer pudo hacer 500 fotos con su móvil a las montañas y al cielo que se dejaba ver de un azul intenso -sí, ¡vimos el sol! y el cielo algo despejado después de días de auténticos días grises-. Las carreteras se abrían paso entre montañas altísimas y un río a la derecha que bajaba con gran ímpetu. El paisaje era sobrecogedor. Aunque en algunos tramos desesperaba un poco ver la ‘mano del hombre’ cambiando el curso del río, hoteles y restaurantes sin final durante kilómetros bordeando el río, o montañas de residuos en la orilla.

Entre tanto no habíamos desayunado y el viaje coincidió con la hora de la comida. Y como no queríamos comer cualquier cosa… no probamos bocado hasta la cena. ¡Ahora, cenamos pero bien!

A la llegada a la estación de Sangri-La cogimos un taxi y nos llevó a la zona donde teníamos el hostal, Dukezhong. Nos perdimos por las calles hasta comprar un mapa y que el comerciante nos ayudase a ubicarnos. El hostal, llamado Yi’s Hostel, es muy bonito con una arquitectura y decoración típica del lugar. Preguntamos por los sitios que podíamos ver en estos dos días y medio que nos quedaban y nos pusimos manos a la obra. Hoy lo teníamos claro: ver la ciudad antigua. Bueno, quizá debamos decir lo que queda de ella, porque en enero de 2014 se quemó, arrasando con ella.
Callejeamos hasta encontrar el camino que nos llevaría a ver un pequeño templo que estaba en una colina en lo alto de la ciudad. Pequeño pero preciso. Decorado todo con banderas tibetanas de colores en el exterior, y con un cambio estético muy diferente del interior a lo que habíamos visto hasta ahora. Nos encantó, sobre todo porque se veía que era un templo para el pueblo y no para el turista.
Bajamos y fuimos a ver Da Fo Shi, el templo del Gran Buda, que estaba al lado de nuestro hostal. De igual manera no nos defraudó. Nos envolvió tremendamente el olor a incienso, el colorido, la devoción de la gente. Pagamos 5 Yuanes por 3 barritas de incienso a un monje como ofrecimiento. Con ello también pudimos ver el interior de la sala del templo.
Abajo, en la plaza, vimos también el museo de la prefectura autónoma de Deqing y otro pequeño templo. Y en esa misma plaza, al atardecer se junta mucha gente para bailar, formando un corro enorme de cientos personas, canciones étnicas del lugar.

Al día siguiente, era el momento de visitar el esperado Pequeño Potala, el templo de Songzanlin, al norte de la ciudad. Para llegar cogimos el autobús núemero 3 que te lleva directo a la puerta. Pagamos la entrada (120 Yuanes), y cogimos un bus interno gratuito que te hacercaba a la puerta de la edificación. Impresionante. Y no solamente por su belleza e imponencia, sino porque esta aún activo. Se ven a los monjes recitando sutras, cantando, lavando su ropa, comiendo en silencio… Por un lado fue algo ¡increible de ver!; por otro, algo de lástima, por ver que sus vidas son un ‘entretenimiento para el turista’… Lo correteamos de arriba a abajo, comimos por uno de los pueblos de al lado y dimos un paseo por el lago de entrente del Templo. Muy, muy bonito.

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Por la tarde, nos acercamos a ver el mercado local. ¡Nos encantó la actividad que había!: decenas de puestos de verduras de todo tipo, carne de yak, ternera, burro…, especias, esparterías, especialidades en tallarines de arroz frescos… ¡Una pasada! Nos compramos dos sombreros de agricultor y nos fuimos tan contentos a cenar.

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¡A cenar! Y ¿dónde? Pues, en un sitio al que repetimos al día siguiente y al que volveríamos, y volveríamos a ir: un restaurante tibetano de la calle Dawa (Dawa roud/lu), enfrente de la entrada a Dukangzon. Comimos queso de Yak y su espectacular carne, ¡¡mmm!!, Tsampa salado, setas salteadas en manteca y pan de arroz y cebada. Ah, y acompañado de unas cervezas gourmet de la ciudad. Normal que repitiésemos, ¿verdad?, ja, ja…

Como último día lo teníamos ‘crudo’: ¡estaba lloviendo! ¿Qué hacer entonces? Por la mañana cotratamos un coche para que nos llevase a pasar de ¡relax! una horita en un baño de aguas termales en la montaña. ¡Lo necesitábamos después de tanto ir y venir! Y dejó de llover, así que por la tarde alquilamos unas bicicletas de montaña y nos fuimos a ver el Entorno natural de Napa Lake (el lago Napa). Unos 8 kilómetros por la carretera que llega a Lasa. El lugar era alucinante. Montañas enormes al pie de una llanura verde y espesa en el que pastaban terneros, yaks y ovejas. Nos dimos una caminata dando toda la vuelta por el borde.
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Pero… y ¿el lago? No había. Imaginamos que se había secado, o que realmente no es tal, sino una laguna que se forma por las lluvias.
Ya terminando de dar la vuelta quisimos hacernos una foto los dos juntos con el temporalizador de la cámara, colocándola encima de una roca. Pero yo no lo veía claro, el terreno estaba como mojado y muy esponjoso. Sandra no vio motivo ninguno así que cogió la cámara, y de camino a la roca, ¡plas!, al agua directa en una poza llena de algas. Calada hasta media cintura me suplicaba, mietras mantenía la cámara en lo alto, que la sacara de allí. Yo me quedé de ‘cartonpiedra’. Y después de tres segundos de no creerlo, tiré de su brazo hasta sacarla de aquello. La reacción de Sandra y mía: reirnos a carcajada viva. ¡Una experiencia!, desde luego.

Quizá por todo, tanto por la ciudad, su entorno y por lo bien que nos lo pasamos, sin pensarlo dos veces, ¡volveríamos a Sangri-La!
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Comments 1

  1. Cuando vayamos nosotros será una de nuestras visitas con lo bien que me lo habéis vendido. Eso sí recordaré la experiencia de Sandra jajajajja

    25 julio, 2015

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