Pueblos Naxi y Bai; Shaxi

Y efectivamente, a Shaxi aún no ha llegado el turismo en masa, pero les queda poco para ello nos tememos.
Salimos de Dali en el bus número 6 desde la puerta Cangshan de la ciudad antigua hacia Xiaguan; la parte moderna. El autobús nos para en mitad de una avenida como parada final y ahora, hay que buscar la estación del norte. La gente nos dice que cojamos un taxi pero todos los que vemos, van llenos. Decidimos ir andando los 3 km que había ( eso no es nada para nosotros a estas alturas). Compramos billete a Jianchuan (剑川) y tras dos horas y cuarto de camino, llegamos. Ahora, hay que coger una minivan para llegar a Shaxi (沙溪)que no saldrá hasta que esté llena. Cuando ya somos 8, nos vamos. Pasamos por caminos de cabras llenos de barro y baches. Pegábamos unos botes en los asientos que parecía que saltábamos todo el camino. Y a la hora, por fin llegamos a Shaxi.
Este pueblecito bai de costumbres naxi está prácticamente tal cual era. Fue uno de los pueblos en la ruta del caballo y del té que unía a China a través del comercio con otros países de Asia. La rehabilitación que se ha hecho, ha sido con materiales de la zona y sólo para mejorar pavimentos o estructuras derruidas. Las casas, siguen siendo de barro y paja. En el río, se puede ver a los niños saltando sobre un puente colgante ( sí, también saltamos nosotros, jeje) y a la gente en sus huertos. Aprovechan cualquier trozito de tierra roja para plantar y así se pueden ver calabazas enrolladas por la pared o unas berenjenas al lado del camino.
Nuestro alojamiento lo llevan dos chicos jóvenes a los que les hace mucha gracia que hable chino. Les entiendo muy bien, así que encantada. La habitación es muy bonita, con un futón sobre el armazón de madera para dormir y una mesita elevada para el té. Fuera, un jardín con su estanque y peces rojos, que simbolizan la buena suerte.
Nos metemos en un templo dónde la gente va a rezar y quemar inciensos ( aquí no se paga entrada ni hay carteles explicativos). El templo es muy bonito.
Aquí sólo pasaremos una noche porque no deja de llover y no podemos coger bicis. Una pena, porque los paisajes son para perderse pedaleando.
Caminamos por el campo hasta el pueblo dónde cenamos setas de la zona, berenjenas ( para no perder la costumbre) y un pastel naxi de bacon y verduras. Bebimos vino de ciruela y de allí, a un pub a tomar cerveza japonesa. ( La cerveza china es muy suave y es mejor para comer con ella).
Al día siguiente, tras desayunar medio chino- medio occidental en la casa ( empanadillas chinas, baozi de carne y otro dulce, jamón frito, huevo frito y café), vemos el templo del pueblo que antiguamente sirvió de escuela primaria. Hoy es el museo del pueblo y dejan clara la rehabilitación del mismo sobre todo para incorporar la red de alcantarillado y así, reducir las enfermedades.
Aunque cada vez hay más alojamientos y restaurantes, son del lugar y esta sensación de calma, de estar parados en el tiempo, de ver a sus gentes haciendo la vida diaria, de transportarte a Zamoranos o a Valer de Aliste, nos encanta y nos vamos de aquí con una sensación muy buena.
Después de comer y probar el caldo de gallo y un yogur casero, volvemos a la furgoneta que, una vez llena, nos lleve saltando a Jianchuan.

 

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